En un acto que raya en el autoritarismo y el capricho, la madrugada de este viernes se consumó la retirada de la escultura de la Hermana Agua en Tepic. Alrededor de las 3 a.m., mientras la ciudad dormía, maquinaria pesada y cuadrillas de trabajadores ejecutaron la orden en silencio, como si se tratara de un operativo clandestino.

La decisión, tomada sin consulta pública ni transparencia, se justificó en supuestas quejas y solicitudes ciudadanas que jamás fueron dadas a conocer. No existe registro oficial, documento público ni evidencia que respalde esas “demandas” que, según las autoridades, motivaron la acción. El hermetismo y la falta de información solo alimentan la percepción de que se trató de un acto unilateral, impuesto desde arriba.

El horario elegido para desmontar la escultura no es casual: hacerlo en plena madrugada, cuando la ciudadanía no puede presenciar ni cuestionar, evoca prácticas propias de quienes buscan ocultar sus decisiones. Una acción que, más que administrativa, parece la operación de un grupo que actúa como delincuentes, evitando la luz del día y la mirada pública.

La Hermana Agua, símbolo de identidad y memoria colectiva, fue retirada sin debate, sin aviso y sin respeto por la comunidad que la acogió durante años. Lo que queda es la sensación de que en Tepic se gobierna con imposiciones, donde las decisiones se toman en la penumbra y se ejecutan con la fuerza del capricho.