El anuncio de que Jazmín Bugarín será la coordinadora de Nayarit gracias al criterio de equidad de género encendió un debate profundo en la entidad. En conferencia de prensa se reveló que Héctor Santana había ganado la encuesta interna, pero cedió su lugar a Bugarín. Aunque Santana se mantendrá en Morena y expresó públicamente su respaldo, el proceso dejó un sabor amargo entre la ciudadanía.

La decisión no sólo refleja un acuerdo político tomado fuera del estado, sino que exhibe un menosprecio hacia la voluntad de los nayaritas. Nayarit fue tratado como una moneda de cambio en negociaciones partidistas, ignorando que la gente había manifestado su preferencia por Santana en las encuestas. Este desaire, disfrazado de estrategia de género, se percibe como una imposición que erosiona la confianza en el partido y en el proceso democrático. Aunque Santana manifestó su apoyo, no se puede asegurar que quienes depositaron su confianza en su proyecto se sumen a otro donde la voluntad popular fue ignorada. Nadie garantiza que las reglas no cambien nuevamente al final, lo que aumenta la incertidumbre y la desconfianza.

El riesgo es evidente: al subestimar a Nayarit y relegar su voz, Morena se expone a perder terreno en 2027. La soberbia de imponer una candidata sin atender la opinión local puede convertirse en un error costoso. La ciudadanía no olvida cuando se le desprecia, y la factura política podría llegar más pronto de lo que el partido imagina. La lección es clara: Nayarit no es un botín ni un tablero de negociación, es un estado con dignidad que exige respeto a su decisión.