En un laboratorio del Instituto de Geología de la UNAM, los integrantes de la primera expedición oficial mexicana con fines científicos a la Antártida relatan la experiencia de un viaje histórico que los llevó, durante un mes, al fin del mundo. Con apoyo del Centro Nacional de Ciencia Antártica de Ucrania, el doctor Rafael López y las doctoras Daisy Valera, Elsa Arellano y Laura Almaraz conformaron el primer grupo mexicano en realizar investigación en el Polo Sur.

El proceso fue vertiginoso: en agosto presentaron proyectos, en septiembre se abrió la convocatoria, en octubre fueron seleccionados y a finales de noviembre ya estaban rumbo a Chile para embarcarse hacia la base Vernadski. El cruce del estrecho de Drake, uno de los más tormentosos del planeta, marcó el inicio de la aventura.

Los proyectos abarcaron desde el estudio de sedimentos marinos, que funcionan como archivos paleoclimáticos, hasta el análisis de rocas jurásicas para reconstruir el clima de la Antártida en épocas remotas. Las muestras permitirán investigar procesos como el deshielo, el aumento del nivel del mar y cambios en la salinidad y oxigenación de los océanos.

Tras superar condiciones extremas y riesgos de navegar entre bloques de hielo, los científicos esperan la liberación aduanal de las muestras para iniciar su análisis en México. Los resultados se conocerán en un año, pero el impacto ya es evidente: México demuestra capacidad científica en un territorio clave para la investigación global.

El Tratado Antártico, firmado en 1959 y que será revisado en 2048, abre una oportunidad para que el país se sume a la protección y estudio de esta región. Mientras tanto, los investigadores sueñan con una futura base mexicana en el continente blanco y se preparan para una segunda campaña que continuará la presencia nacional en el Polo Sur.