El anuncio del gobernador de retirar la emblemática fuente de la Hermana Agua para colocar en su lugar una escultura de bronce que represente a una familia wixárika ha generado un profundo malestar en Tepic. Y no es para menos: la decisión parece más un gesto improvisado que una política cultural seria.

Primero, conviene recordar que la fuente no es un adorno cualquiera. Se trata de un patrimonio urbano, inspirado en la obra de Amado Nervo, símbolo de identidad para generaciones de tepicenses. Alterar o sustituir un monumento con este peso histórico y cultural no debería hacerse sin un proceso transparente, con argumentos sólidos y con la participación de la ciudadanía.

En cambio, lo que se observa es una narrativa oficial que carece de sustento. No se ha explicado de dónde provienen las supuestas quejas que justificarían el retiro de la fuente. Tampoco se ha demostrado que exista un consenso social para reemplazarla. Por el contrario, abundan las voces en contra: ciudadanos, cronistas, artistas y colectivos han manifestado su rechazo, defendiendo la permanencia de la Hermana Agua como parte de la memoria viva de Tepic.

Otro punto delicado es la representación cultural. La propuesta de colocar una escultura wixárika, aunque en apariencia busca reconocer a un pueblo originario, resulta problemática en este contexto. La cultura wixárika, con toda su riqueza, no es la única, ni la es la predominante en Nayarit. Forzar su presencia en un espacio que ya tiene un significado propio puede interpretarse como un gesto político oportunista, más que como un verdadero acto de respeto intercultural.

La pregunta es inevitable: ¿por qué sustituir un símbolo arraigado por otro que no responde a la identidad mayoritaria de la ciudad? Reconocer a los pueblos originarios es necesario, pero hacerlo a costa de borrar un patrimonio histórico es un error. La diversidad cultural se celebra sumando, no imponiendo.

En conclusión, la decisión de retirar la fuente de la Hermana Agua no solo carece de argumentos claros, sino que amenaza con despojar a Tepic de un símbolo que forma parte de su historia y de su gente. Lo que se necesita es diálogo, respeto y visión cultural, no ocurrencias que fragmenten la memoria colectiva.