Un gigantesco anuncio luminoso navega frente a las playas de Puerto Vallarta, promovido por la empresa Oceanic Marketing bajo el lema de “dominar el horizonte”. La aparición de esta plataforma flotante ha generado inquietud entre sectores turísticos y ciudadanos, pues cuestiona directamente la manera en que se regula el uso del espacio marítimo y el paisaje natural de la región.

Puerto Vallarta ha construido durante décadas su prestigio internacional con base en la venta de sus playas, montañas y atardeceres. Los visitantes llegan para disfrutar del Pacífico, no para encontrarse con pantallas comerciales que interrumpen la vista. La pregunta es inevitable: ¿quién autorizó esto?

El barco publicitario plantea dudas sobre los permisos que respaldan su operación, las reglas de navegación, los horarios de tránsito y hasta la intensidad de la luminosidad de su pantalla. No se ha informado si se evaluó el impacto visual, turístico o ambiental de la iniciativa, lo que abre un debate sobre la falta de transparencia en la gestión de estos proyectos.

El alcalde con licencia de Bahía de Banderas, Héctor Santana, se pronunció en contra de la presencia de esta pantalla flotante, señalando que iniciativas de este tipo ponen en riesgo la identidad turística de la región y generan un precedente negativo para la protección del paisaje costero. “No podemos permitir que el horizonte se convierta en espacio de renta publicitaria”, advirtió.

La crítica es válida: si hoy es una pantalla, mañana podrían ser cinco o diez. ¿En qué momento se decide que el horizonte de Puerto Vallarta deja de ser un paisaje para convertirse en un escaparate comercial? La autoridad debe explicar bajo qué reglas se autorizó esta operación y si existen mecanismos para impedir que el mar se convierta en un mercado visual sin límites.

El turismo puede convivir con la publicidad, pero la pregunta de fondo es si realmente se debe vender el horizonte. La respuesta marcará el rumbo de la política turística y ambiental de la región.