Andrea Navarro: vulgaridad en tribuna y la sombra de Rocha Moya

La diputada federal por Nayarit, Andrea Navarro, volvió a colocarse en el centro de la polémica tras lanzar insultos procaces contra la oposición en el Congreso, acusándolos de “traidores” y de “dar las nalgas a países extranjeros”. Su intervención no solo exhibió una falta de tacto y respeto institucional, sino que confirmó la degradación del debate parlamentario en México.

El episodio revive un antecedente incómodo: en los primeros momentos de las acusaciones contra el gobernador con licencia de Sinaloa, Rubén Rocha Moya, por presuntos vínculos con el narcotráfico, tras la captura del «Mayo» Zamabda, Navarro se apresuró a defenderlo con lealtad ciega. Aunque hoy esa postura ya no se sostiene, la memoria política pesa. Su apoyo inicial mostró una disposición a blindar a un personaje cuestionado, incluso a costa de la credibilidad de la tribuna.

La falta de tacto de Navarro es evidente. Convertir el Congreso en escenario de insultos sexuales y procaces degrada la función parlamentaria y envía un mensaje devastador a la ciudadanía: la política se reduce a espectáculo y confrontación. Su defensa de Rocha Moya, aunque abandonada, refleja un servilismo político que antepone la lealtad partidista sobre el interés público y la dignidad institucional.

La diputada encarna el deterioro del debate político en México. Su recurso a la vulgaridad y su fanatismo partidista son síntomas de un modelo de representación que sustituye el razonamiento por gritos y lealtades ciegas. El Congreso debería ser un espacio de altura, pero Navarro lo reduce a un escenario de confrontación burda. La ciudadanía merece representantes que piensen y debatan, no que ofendan y protejan a personajes cuestionados. Andrea Navarro no solo ofende a la oposición: ofende a la democracia misma.