Navarro anuncia su partida: un gobernador sin arraigo ni aceptación

Durante una gira de trabajo, el gobernador de Nayarit, Miguel Ángel Navarro Quintero, dejó en claro que su futuro no está ligado al estado que gobierna. “Dentro de un año dos meses, les he dicho, me voy”, declaró, anticipando que al concluir su administración se marchará a radicar fuera de la entidad.

Aunque intentó suavizar el mensaje con frases como “sí, como gobernador, nunca como amigo”, lo cierto es que reconoció que su presencia será mínima: “haré una presencia de muy bajo perfil cuando venga a Nayarit”. La confesión expone una distancia evidente con el territorio y con la ciudadanía, reforzando la percepción de que no quiere vivir aquí y que tampoco es querido por la población.

Navarro aseguró que quien lo suceda debe gobernar con libertad, pero insistió en que “nadie amará tanto como yo a Nayarit”. La afirmación, sin embargo, contrasta con su decisión de abandonar la entidad y con el desgaste político que lo ha acompañado. El discurso de amor hacia Nayarit se percibe vacío frente a la realidad de un mandatario que se marcha sin arraigo, consciente de que su relación con la sociedad está rota.

La promesa de “dejar gobernar a quien venga” suena más a renuncia anticipada que a legado. En lugar de proyectar confianza, el mensaje refuerza la idea de un gobernador que se despide con frialdad, como si ya hubiera asumido que aquí nadie lo quiere y que su papel se limita a cerrar un ciclo sin compromiso real con el futuro del estado.